sábado, 13 de septiembre de 2014

De experiencias


A poco de terminarse el tiempo de una clase, donde los alumnos construyeron y recortaron triángulos para buscar respuestas sobre la suma de los ángulos internos, quise ahorrar tiempo y recorté una actividad eludiendo repartir transportadores para medir los ángulos de dos triángulos.

El grupo ya conocía algunas propiedades de los triángulos desde el curso anterior, así que pregunté: ¿Me permiten afirmar por principio de autoridad la obviedad de que esta propiedad también se cumple en un triángulo isósceles?, el grupo responde ¡Sí!. Continúo y pregunto de nuevo... ¿Me permiten afirmar por principio de autoridad la obviedad de que esta propiedad también se cumple en un triángulo escaleno? De nuevo suena un fuerte ¡Sí!

Subo el volumen de mi voz para avisarles: ¡Todos estarán reprobados!
Inmediatamente quieren saber por qué.
Las preguntas surgen como reacción en cadena y simultáneas, ¿a poco no suman 180°?, ¿acaso no es igual para los equiláteros que los isósceles o los escalenos?, ¿no quería que dijeramos que sí?, ¿entonces?, ¡yo no quiero reprobar porque le dí permiso!... y otras tantas similares.

Les pido un poco de calma y orden para que nos pongamos de acuerdo.
Les pregunto: ¿Por qué no aceptar por principio de autoridad una afirmación de conocimiento?, de inmediato levanta la mano el más crítico de todos, dice, porque aunque usted lo diga no significa que sea verdad.

La reacción de varios fue un gesto de frustración y duda, otro chico pregunta... ¿entonces no debo creer a los profes?, el compañero le contesta, si lo que dice es contrario a lo que dicen los libros, tenemos que preguntarle por qué él dice algo diferente, para eso están los libros. (No quise cambiar sus palabras, intenté ser lo más literal posible).

Al terminar el tiempo lectivo, la sonrisa de varios me fue muy gratificante.


Amo mi trabajo.

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